miércoles, 6 de junio de 2018

AMORES DE LA FARAONA

 “Esta historia de amor —por curiosa coincidencia, como diría doña Arminda— comenzó el mismo día claro, de sol primaveral, en que el hacendado Jesuíno Mendonça acabó, a tiros de revolver, con Doña Sinhazinha Guedes Mendonça, su esposa, personalidad ilustre de la sociedad local, morena tirando a gorda, muy dada a las fiestas de la iglesia, y con el Doctor Osmundo Pimentel, dentista llegado a Ilhéus hacía pocos meses, mozo elegante, con pretensiones de poeta…” ese día, cuentan las vendedoras de acaraje, vatapá y abará, que se agolpan a lado y lado de las puertas de los prostíbulos de la Ladera de Pelourinho a vender sus exquisiteces, que ese domingo Francisca Bernarda Texeira do Ribero Freitas, de veinte años, ojos negros rasgados, senos altivos e insinuantes caderas, mestiza en flor de la edad y de la seducción, conocida en todo el ámbito de Bahía como la Faraona, salio del “Resplandor Nocturno”, burdel de mala muerte, donde las viejas viven añorando un mejor tiempo de amor y las jóvenes llegadas del campo aprenden a trancas y mochas el duro oficio de meretriz, dicen que salió con mucho apuro rumbo a la iglesia del Señor de los Milagros para la misa de las 6:30 y no se fijó que desde la esquina donde funciona el bar de Cazuza, un hombre vestido de blanco, barba rala y ojos almendrados la espiaba. 

Francisca Bernarda, aquel día despertó sobresaltada, en su pequeño cuarto en el tercer piso del burdel, se levantó con prisa, pero no hizo ruido. Afuera en la ladera, el día apenas empezaba, los últimos tragos de la noche eran servidos, mujeres como Quiteria y Marialba entregaban sus cansadas caricias a los clientes trasnochados, los vendedores nocturnos comenzaban a recoger sus cachivaches, la arena de la playa empezaba a dorarse, el bullicio de la noche era lentamente remplazado por otros sonidos y la gente empezaba a subir cargada de bultos, de hortalizas, café y otros granos comprados en la plaza del mercado Feria de San Joaquín.

—¿A donde vas?—, sobresaltada se apartó de la ventana, se puso el vestido dominical de flores azules encima de la enagua transparente que ceñía su primoroso cuerpo, se acercó a la cama, se sentó en el borde y tomó la mano del hombre, —Voy a la iglesia, a la rogativa de Santa Marta… Don Jesuíno, dijo con voz trémula… tengo un mal presentimiento—. El hombre se incorporó, —No seas tontica ya sabes que siempre te protegeré—, dijo y le palmoteó el muslo. Francisca Bernarda, lo miro con ternura; era cierto, desde el día que llegó a ladera, sin nada ni nadie en el mundo casi muerta de hambre, hacia ya más de cinco años, él fue su protector, fue él quien habló con Don Sampaio el dueño del “Resplandor” e inmediatamente le dieron, comida, cuarto y trabajo. 

—Hasta ahora sí Don Jesuíno pero…, su voz era temblorosa, … pero los rumores que trajo el santero… que tal sea verdad que su esposa…—, se contuvo, no quería hacerle una escena de esas que veía en el teatro, ni un reclamo a los que lo tenia acostumbrado Doña Sinhazinha cuando le echaba en cara su abandonó, ni tampoco quería sonar como la “moza” caprichosa, no, aunque hubiera podido hacerlo después de cinco años de relación, donde lo único que faltaba era que él dejara de pagar el importe diario por el derecho a estar con ella y que le pusiera una casa, como habían hecho otros hacendados con sus queridas, —…¿Qué tal sea verdad todo lo que andan diciendo por ahí?—, dejó sobre la mesa el colorete rojo, se miró en el espejo, se pasó la mano por el cabello ensortijado, alisó el vestido con la yema de sus dedos, era hermosa, —casos se han visto Don Jesuíno, una por amor o desamor hace muchas cosas—, dijo mientras se calzaba los zapatos. —Todo eso no son más que inventos…-- decía Don Jesuíno mientras trataba de levantarse, a sus setenta y cinco años recio y todo, le costaba trabajo, --…y si es cierto la mato —, dijo con voz fría, apagada. 

Francisca Bernarda se estremeció, sabía que cumplía sus promesas, ya había tenido pruebas de ello en varias ocasiones con clientes que extasiados por la redondez de sus formas y lo insinuante de su baile, terminaban desterrados o desaparecidos después de ser advertidos por Don Jesuíno que no debían propasarse con ella, aunque fuera de palabra.

Apagado llego al cuarto el sonido de las campanas de la iglesia, —Es el último toque, dijo ella colocándose la mantilla blanca, — por favor Don Jesuíno, prométame que no se va a ir —. Sus ojos grades y negros lo miraron con súplica. El hombre sonrió. 

Francisca Bernarda bajó presurosa los tres pisos, pasó como un rayo por entre las mesas del local, no se detuvo a saludar a nadie, ni a la vendedoras callejeras que ofrecían a grito herido las frituras que extrañadas por la prisa levantaban la mano para saludarla, cogió ladera abajo, dobló por la calle de los zapateros, llegó a la plaza del mercado, subió rauda los escalones del atrio de la iglesia, cruzó la enorme puerta de madera y sólo entonces, se volteo para mirar quien la venia persiguiendo, pero no vio a nadie, respiro aliviada y se dirigió al altar. 

Dicen que fue a eso de las ocho y diez cuando Don Jesuino, desencajado, abandonó “El Resplandor Nocturno” como alma que lleva el diablo, después de entrevistarse con Don Sampaio, que llegó corriendo al cuarto en compañía de Jonatas el santero, a confirmar que su esposa sí había contratado un hombre para acabar con la vida de la barragana Egipcia, como llamaba Doña Sinhazinha a Francisca Bernarda, parece ser que es de Ilheus, dijo el santero.

De nada valieron las advertencias de los dos para convencerlo de no salir, dicen que cuando salió llevaba el alma envenenada. Lo demás, es historia. 

Al finalizar la misa, a eso de las 7:30, Francisca Bernarda se santiguó tres veces como era su costumbre, se levantó del reclinatorio y se dirigió a la salida y de pronto se encontró así de sopetón, con todo un caballero, así, igualito, como ella en sus más profundas oraciones a San Antonio, le había pedido, alto, buen mozo, vestido de lino blanco, de barba rala y un par de ojos almendrados, que no habían hecho otra cosa más que mirarla, durante todo el servicio y que tomándola del brazo con una delicadeza tal que parecía estar acariciándola, como la acaricio en silencio desde que llegó a la ciudad y comenzó a seguirla, ella no opuso resistencia, sino que se dejó llevar,  una vez afuera, él con voz dulce dijo: 

¿Quién eres en verdad bella faraona 
De la que ella quiere liberarse? 
Dejé en Ilheus consultorio y poema 
Vine a Bahía a matarte Y terminé enamorándome. 
¡¡Oh. Por amor a Dios, sálvame.!!” 

No dijo más... nadie vio más… solo un príncipe vestido de blanco que dejo en el suelo a una hermosa mujer y salió corriendo sin mirar atrás. 

A las ocho de la mañana todo Salvador y sus alrededores ya sabían de la desgracia. 


 Titulo: Amores de una faraona
 Autor: Alvaro Javier Scarpeta 
alvaroscarpeta@yahoo.com