jueves, 31 de mayo de 2018

Un siglo de Ausencia o La Maldición de Engativá






UN SIGLO DE AUSENCIA

O

LA MALDICION DE ENGATIVA

Por
Alvaro Javier Scarpeta

La historia de Engativá, así como sus mitos,  sus leyendas y costumbres se están perdiendo por la falta de divulgación, por la falta de un sincero acercamiento a nuestra verdadera identidad cultural. A la  falta de investigación, que se limita únicamente a lo que esta escrito, olvidando la otra fuente, la oral.

No hemos sido capaces de conocer  y dar a conocer, en las plazas, los parques, los colegios, clubes de tercera edad, salones, auditorios, la riqueza  cultural y sobre todo  la riqueza de las tradiciones orales de nuestro territorio.




LA MALDICION DE ENGATIVA

...Un siglo de ausencia voy viviendo por ti...
(Canción popular)
Ante la imagen de la virgen de los siete dolores o la dolorosa, como era comúnmente conocida, el cura párroco Genaro Chinchilla se santiguo tres veces como era su costumbre desde hacia más de 60 años cuando era apenas un ayudante de misas, en su natal España, costumbre que no olvido cuando fue ordenado sacerdote en América. Ese día, por fin, se realizaría la procesión de nuestra señora, como venia haciéndose año tras año desde 1700, cuando el  terremoto más grande en la historia de la sabana, destruyo la parroquia de San Lorenzo, fecha especial pues también se conmemoraba un aniversario más de la fundación de la cofradía de la  virgen de los siete dolores de Engativá. 
En compañía de dos de sus acólitos ultimo los detalles de la procesión, alisto los incensarios, doblo cuidadosamente el velo que cubría la imagen, cogió con firmeza su libro de misas y su bordón, bendijo a los asistentes  y con paso decidido se dirigió a la puerta de la iglesia.
Antes de abrir, recordó los pasados dos meses, meses de dura batalla de dimes y diretes, de largas discusiones con  los artesanos y comerciantes en su mayoría dueños de estancos encabezados por “la gorda” María Epifanía  Cabiativa, dueña de la chichería “LA MÁS RICA” y José Reyes Caipas, dueño de “LA DELICIOSA”, una de las más grandes lechonerías del naciente municipio, que pedían una fiesta menos sacra, para que el pueblo se divirtiera y disfrutara a sus anchas, donde según ellos, se conmemorara tanto la promulgación de la constitución de la recién nombrada República de Colombia, como la procesión de la Dolorosa, además claro esta dijeron, del retorno del doctor Núñez al poder; Las disputas con José del Carmen González, directivo y mayordomo de la cofradía de la Virgen de los siete Dolores, de quien las malas lenguas rumoraban que algo tenia que ver con María Cabiativa dadas las continuas visitas de ésta a su hacienda,  quien desde un principio estuvo de acuerdo con una celebración pero “moderada” haciendo ver que el momento histórico lo ameritaba y que el producido de las ventas aumentaría lo que recibiría la iglesia por donaciones; Y por último las acaloradas discusiones con Crisanto Gacharna, héroe de la famosa guerra del 41 o de “los supremos” y  primera autoridad municipal, que promovía y defendía a capa y espada la fiesta, aduciendo que tanto las rentas del municipio como las de la iglesia estaban bastante deterioradas y que ingresos adicionales por la renta de los espacios y el impuesto por las ventas a ninguno le caían nada mal y que esa era la ocasión precisa para una verdadera celebración municipal que propugnara, le dijo al cura, por la unificación y no la segregación  de nuestra querida Colombia.
A todos el padre Chinchilla los había despedido iracundo, blandiendo el enorme bordón que utilizaba a causa de la artrosis que padecía desde niño y que a sus 72 años lo tenia contrahecho,  no les dejo repetir las razones, les dijo, invocando a sus ancestros españoles, a Dios y todos los santos, que aquello era e iba a ser una fiesta religiosa y no una fiesta de ateos, un bacanal donde el demonio haría de las suyas como siempre, una excusa para la promiscuidad de los que no guardan los preceptos de la santa madre iglesia, una ocasión para emborrachar a todo ese montón de indios mal olientes, que por si fuera poco no pagan diezmo alguno, grito colérico y que por eso mismo estaban condenados al infierno.
Ese mismo día, haciendo acopio de las pocas fuerzas que aun le quedaban a causa de su enfermedad, en una tarea titánica, recorrió las enormes haciendas del municipio, cito, personalmente, a las familias más prominentes, a todos los miembros de la cofradía y a los pocos habitantes de Engativá que habían recibido de sus manos el santo vinculo del matrimonio y como de costumbre les arengo sobre el pecado de ofender a Dios y a la santa madre iglesia cayendo en tentaciones que el diablo pone a nuestro paso, amenazo con prohibir la comunión a quienes tomaran parte en el carnaval, en el aquelarre que estaban promoviendo las gentes indecentes entre ellos la primera autoridad municipal y los cito, sin excusa, para el día domingo cuando se realizaría la procesión de la dolorosa, llueva ó truene, dijo, con las únicas gentes que valían la pena en este rincón olvidado de dios.
Cuentan que ese domingo, en cuanto se hubo abierto la puerta de la iglesia, lo golpeo al mismo tiempo el olor de la fritanga y el de la chicha fermentada, el ruido escandaloso de la música y las voces destempladas de los borrachos, que celebraban entre voladores y buscaniguas el carnaval más espléndido de que se tenga noticia. Y  es que comerciantes, artesanos, autoridades civiles y comunidad en general habían decidido, sin importarles el no rotundo a sus peticiones, ni la amenaza de excomunión que pesaba sobre sus cabezas, que a partir de ese día celebrarían todos los años el aniversario de la constitución del 86.
El cura, palideció por un instante, después, rojo de la rabia y tal vez rememorando lo que hizo Jesucristo con los mercaderes en el templo, olvidando el dolor de su enfermedad y lo avanzado de su edad, paso como un rayo justiciero destruyendo los toldos dónde se vendía la chicha y la fritanga, los bollos de maíz, las arepas y los chorizos de Ventaquemada, las frutas de Anolaima, las morcillas de Choachi y las garullas de Sohacha.
Aporreó con su enorme bordón a los músicos, —“chiflamicas del demonio, decía lleno de coraje, herejes, demonios hijos de Satán, gritaba mientras golpeaba a cuanto parroquiano se pusiera a su alcance, escoria de la humanidad, liberales descreídos... libertinos, se desgañitó aún mas cuando sorprendió a José del Carmen González ayudando a María Cabiativa a levantar sus múcuras de chicha derramada,  manada de ateos”—, gritaba mientras corría, como loco, de un lado a otro.
Nadie supo quien fue el primero, aunque algunos acusaron más tarde a Santiago Cabrera, alias el muerto, - quien odiaba al cura por no quererle bautizar a ninguno de sus 7 hijos ilegítimos pese a sus repetidas suplicas, a las que el intransigente cura había respondido con un — “vade retro”—, de ser la persona que lo tendió en el suelo, pero lo cierto es que todos al unísono se le tiraron encima y en un arranque de histeria lo llevaron al centro de la plaza y en la enorme y bella Eucalipta, que todos los habitantes conocen más como la Ceiba que  adorna la plaza, lo despojaron de su habito y sin ningún miramiento, enceguecidos por la rabia o poseídos por una fuerza diabólica, lo amarraron a ella para escarnio público; Fue entonces y pese a su lamentable estado, al estruendo de los voladores, a la gritería de unos pidiendo clemencia y compasión para el representante de Dios en la tierra y de otros, los más, gritando, —¡¡abajo la represión del clero!!, ¡¡que mueran las sotanas!!—, que se escuchó la voz del cura, trémula pero al mismo tiempo tan diáfana y segura como en muchos años no se había oído diciendo —“¡¡¡MALDITOS, LOS COMPADEZCO A TODOS, YO LOS MALDIGO Y MALDIGO ESTA TIERRA, QUE NO TENDRÁ PROGRESO HASTA QUE UN PAPA BESE SU SUELO!!!” — .
Al oír esto todos enmudecieron al instante. Por largo rato no se oyó más que  el viento haciendo mover las hojas de la Eucalipto. Un silencio casi sepulcral se apoderó de la plaza. Todos quedaron pasmados, no se movía un solo músculo de sus cuerpos sudorosos por el espanto, hasta los animales estaban perplejos. Así pasaron minutos, tal vez horas.
Quizá fueron las damas de la cofradía, que en el momento en que lo amarraban huyeron gritando despavoridas pensando seriamente que ahí, ese día, comenzaba el fin del mundo o tal vez las autoridades asustadas por el fantasma de un nuevo levantamiento popular, tan común en esos tiempos,  que ya habían asolado más de una vez el territorio nacional o los vecinos, temerosos, desde luego, de un castigo divino los que le quitaron las cabuyas que lo sostenían al árbol, le limpiaron las heridas, le echaron encima los andrajos  de la sotana y lo llevaron a la parroquia de San Lorenzo, en medio del llanto y las oraciones de súplica de las beatas por el perdón de todos los asistentes al jolgorio.
Casi un siglo más tarde el aeropuerto del Dorado estaba atiborrado por las autoridades civiles encabezadas por el señor presidente de la república, Carlos Lleras Restrepo, por los militares y toda la jerarquía eclesiástica, por fotógrafos, periodistas nacionales y extranjeros y creyentes católicos y de otras religiones que esperaban la llegada del avión, un Boing B707 HK1402, de Avianca el cual traía en su interior por primera vez en la historia de nuestro país a un Sumo Pontífice al XXXIX Congreso Eucarístico que se realizaría en Bogotá.
Cuando se detuvo el avión, el Papa Pablo VI,  bajo por las escalinatas con su impecable sotana blanco puro y su gorro rojo.
Una vez hubo saludado y bendecido con su mano en alto a la multitud de las graderías y a todos los pobladores de Engativa, - que no se quisieron quedar a mirar por televisión la llegada del Santo padre y que apiñados en la maya que limita el aeropuerto, lo saludaban entonando plegarias de perdón por un pecado no cometido, tan solo contenidos por una larga fila de soldados listos a disparar, fue que el santo padre se arrodillo y sin que nadie se lo pidiera, ni apareciera en el protocolo, beso el suelo del aeropuerto.
Ese mismo año, los asombrados habitantes de Engativá, acostumbrados como estaban a la falta de inversión del estado en ellos, vieron como en sus calles, que aún estaban sin pavimentar como lo habían estado un siglo atrás, eran sembrados grandes colectores de agua que repartían el  preciado liquido a sus casas, más tarde vieron como grandes maquinas, pavimentaban las vías principales del municipio, ahora convertido en un barrio más de Bogotá y al poco tiempo después, vieron, que en la esquina de la plaza donde hasta hace pocos años funcionaba la chichería de María Cabiativa se construía el centro de salud y que en la hacienda de José del Carmen Flores, el cofrade,  se inauguraba el parque de la Florida. 
Ese día comprendieron sin tardanza que casi un siglo después,  la maldición del cura párroco Genaro Chinchilla, había llegado a su fin.  
Titulo: Un siglo de Ausencia o la Maldicion de Engativa
Autor: Alvaro Javier Scarpeta
alvaroscarpeta@yahoo.com


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